Aquellos juegos de antaño

      ¡Qué lejos quedan cuando veo a mis hijos eclipsados con el ordenador o  embobados delante del televisor en un diálogo de sordos que hace buenas las frases  de sus series favoritas: Los Sim … ¿ seso?, “me aburro”,”Aquí no hay quien viva”…
      Y la memoria que me pide paso rebelándose ante tan mal “orage” trasladándome a aquellos  días rasos llenos de chiquillería que sí, “tenían azogue”, madre, pero que en sus carestías hacían  mejor provecho de cuanto la naturaleza les regalaba  esperando  un progreso, como no, pero no éste que labran nuestros hijos repantigados en un sofá y de la comodidad posesos.
      Añorando pues, aquellos momentos, ya me palpo los remiendos en la pana heredada y aunque me duelan otra vez las suelas agujereadas de las alpargatas, hecho  a volar correteando otra vez, por aquellos caminos y barracas. ¿Me acompañan?

    Y comienzo por mi CALLE, con mayúsculas que aunque fuera de tierra y sin aceras,  nos facilitaba el hacerle agujeros con los que jugar a las canicas o servía de colchoneta para nuestros brincos y carreras. Allí saltábamos  a la cuerda, le dábamos al “chambori”,  ganábamos “caliches”, porfiábamos con el “tejo” y el inolvidable “churro media manga mangotero”  ¡Aún siento la vida que derrochaba y que nunca paraba! Aquellas chapas y sus batallas;  aquel cine  casero hecho de dibujos y  a perra gorda la entrada  con su platea de piedras ante una pantalla  de trapo montada en un “tarugo”; ni el hijo de la tía Lola  cuando trajo su  Cinexín , que fue la bomba, con él pudo pues la técnica  allí fallaba. Comprábamos y vendíamos cromos, tebeos  o  cualquier cosa  pues nuestra imaginería infantil  era grande en un constante trueque  de pocos “chabos”. Cuando aparecía  el viajante de marras, con sus pasteles, pucheros o mantas, era el acabóse; nos ponía  al corriente de los avances y envidiando tales cachivaches, más de uno levantaba los ladrillos donde se guardaban las perras y no en  bancos y cajas.
      Aún siento el pasar eterno de caballerías, las comadres de un sitio a otro, las puertas siempre  ”entornás” y nunca  “cerrás” ; un ir y venir a la escuela  al son de las noticias y la radionovela  de la tarde. La noche traía  las tertulias saliendo “a la fresca” donde aprendíamos de unos maestros de la subsistencia. Mi “Mortera” fue  la mejor escuela de la vida, con ella aprendimos política social, fue ventana al mundo y bandera  en nuestras interminables riñas con zagales de otras calles.

      Y sigo con una CASA llena de trastos, animales, aperos y  cosechas, en donde me quité los miedos cuando subía  y bajaba, casi a tientas, sus  históricas escaleras cubiertas  de una luz pobre .Eso, si había,  pues día sí y día no, se marchaba  echando pestes al Tío Rogelio por averiarse la central local; entonces, tirábamos de candil o de las velas que igual servían para un entierro que para las novenas. Y otra vez me cala aquel frío entre sus paredes de piedra y barro que nos llevaba a acurrucarnos delante de la chimenea. Y  justo al lado, tantos animales  a los que vi  nacer, bautizaba y con los que jugaba. Era un todos junto bajo un techo donde  cada uno  aportaba su trabajo en un juego de rol  que pa sí quisieran los niñatos de ahora.  A mí me tocaba ir a por hierba “moñigos”  o borrajas, para los bichos; ir y venir al pajar, repartir la leche... ¡Mis primeras obligaciones en la Escuela de los Deberes que luego encontré! En aquellas veladas sin  tele el abuelo  contaba de  sus andares emigrantes por Francia; mi hermano se había bajado a Valencia y me ponía a la última; mi padre  que hablaba poco pero que no paraba haciendo remiendos con pita, arreglando el ”serón” o las “talegas”, desgranando canaria…. Y madre siempre con sus pucheros cuando no tiraba de la matanza o jarra., masando pan o  harinado las pastas que mañana llevaría al horno.
         Venía la cosecha y todos a una como Fuente Ovejuna.  Retahílas de gente por aquellos caminos fuera a la almendra o  a la oliva; a los chiquillos nos tocaba plegarlas entre piedras, guardar el hato o  cargar con la botija, mientras la radio contaba de emigrantes, discos dedicados, señorita Francis y Episodios Nacionales. Caían cuatro gotas y allí nos veías buscando caracoles para malvenderlos sin importarnos los catarros y la humedades.
      Recuerdos de una ESCUELA donde  nos separaban a los chicos de las chicas hasta en el patio. Entre  diapositivas que leía, miedo a la regla del maestro, aquellos murales y mapas,  los partidos de fútbol. filas frente a  banderas o el personaje que nos visitaba. Entonces  éramos del tercer mundo y hasta nos daban leche y lotes de libros como ahora hacen las oenegés. Y también me viene a la mente, el Teleclub donde descubrí  aquella tele que nacía. Sin olvidar el  Hogar Parroquial  y mis tiempos de monaguillo con Don Aurelio o Don Antonio, entre campanas, olor a incienso, aquel palomar y jugar al trinquete, salir de excursión o de viaje.
      ¿Y que decir de los regalos de entonces? El ahorro siempre presente, veía billetes pero no se gastaba por lo que pudiera pasar mañana.. ¿Qué me has traído de la siega, padre?, sonreía y contestaba: “un come y calla” La ropa usada se heredaba y pobre de tú si se rompía. No me preguntéis la marca pues en aquel tiempo ni existía. Con suerte para el Día de la Virgen estrenabas algo pero siempre con sisas para que el pantalón contigo creciera. Para Reyes un caballito de madera con su carrito que ya me presagiaba el futuro. Vino el Geyper y porfiábamos por los de 20, 30, 40…juegos y que finalmente, sólo supe  jugar a cuatro.
       Los domingos que me daban  la peseta, si me la había ganado, corría a los tenderetes de las “tramuceras” de la plaza  donde compraba Roberto Alcázar y Pedrín o el Hazañas Bélicas y pa casa . Con suerte, si caían otras “estrenas” podía ir al cine del Tío Charandel. En su parte más alta , ”el gallinero” de bancos de madera conocí a Gregory Peck y supe de las estrellas, al tiempo que ,con suerte, daba cuenta de los “cacaos con tramuces”, garbanzos o pipas  ¡Y qué ilusión cuando venía el circo o un show ambulante!.

 
        
         Teníamos orgullosos una PANDILLA, ¿verdad ? Llegaba de la escuela  y tras dar cuenta del “aceiteisal” ,el “tulicrem”, la “carne de membrillo, o  la caballa en lata me enfundaba mi tirachinas, y salía a  con mi sombrero de papel montado a la grupa de un palo de panoja. Me acuerdo de las inevitables riñas, las trenzas de la prima, los trenques varios pero sobre to,de la  zapatilla de la madre con la que me rectaba. Aquellos canutos de “caícabas”, arcos y flechas, pistolas de pinzas y batallas en la era…fueron nuestra  primera mili escuela.   Llegaba el  verano y todo se revolucionaba entre parientes que me echaban de mi cuarto y veraneantes  que todo lo llenaban; menos mal que también llegaban las “asileras”, el cine del Chimi en la piscina, el  bañarnos en el río, las fiestas y las verbenas. Y también llegó mi primera bicicleta que aprendí a montar, a porrazos, tirándome por la  cuesta de San Joaquín. Después, mi hermano me descubriría  la  Vespa y la Montesa.
        Me hice mayor y “a merendar” a los bancales saltando entre cerezos y melonares pero con cuidado de que no nos viera el alguacil de turno. Aquellos primeros roces en la disco, las primeras novias, las fiestas con sus bailoteos y juergas, el 850 y el 127, fiestas de quintos o las del pueblo vecino... ¡Ya os contaré a la próxima!  Empezamos a emigrar sea por estudios o faena. Comenzamos a trabajar, cada uno a su manera, en buenos  y variados puestos resultado de aquella Escuela. De tanto en tanto coincidimos en el pueblo y empezamos a hablar de tantos y buenos momentos ¡Seguro que más de uno, los ha vivido más o menos!  ¿No?
     

1 comentario:

Nereag dijo...

fuimos la generación de jugar en la calle, y no necesitabamos de cosas materiales sólo de nuestra imaginación

hoy los niños están embebidos con la play y a los juguetes no les hacen ni caso