AQUELLOS MONAGUILLOS


                 En mi particular viaje retro a mi infancia, entre sus correteos y asuetos, fiestas y calor de antaño, me vienen a la memoria aquellas imágenes deslavazadas, pero aún con rescoldo, de cuando era monaguillo. Oficio éste singular en los albores de una temprana edad, en tiempos de palio y comunión semanal
             Andanzas del que fue acólito acompañante, metido en todos aquellos saraos litúrgicos con olor a almidón del sobrepelliz, pringado de cera y ecos resonando en las piedras centenarias de la iglesia . Sin olvidar, con la venia de tan alta institución,  las anécdotas que, como chiquillos, vivimos con todos aquellos cirios que a nuestro alrededor se montaban.
          Primero de todo, cabe decir que fue una escuela de gramática y literatura; saber estar, servicio  y disciplina; oratoria, canto y música; historia y geografía; ética y filosofía… cuando éramos unos críos por pulir, en sueños que ansiábamos que llegaran.

Se exigía hasta latín ( ¿quién no se acuerda del “dominus obispo, escututuo, amen ora por nobis y etc.?) y los galimatías de las respuestas a unos pillines metidos a clérigos por lo que había que inventárselas. La apertura al castellano y el altar de en medio nos permitió abrir nuestras entendederas y estar más cerca de los parroquianos con lo que espabilamos nuestra jerga entre copones y hostias, frases hechas y señas en nuestra santa misión de dar la “otra” matraca

          Pasabas a convertirte en mayordomo que ayudaba a vestir al oficiante  y  manos que te faltaban con tanta parafernalia: alba, casulla, estola.... Verlos tan emperifollaos  con pedrería, custodia y escapularios que pesaban lo suyo, haciéndoles sudar la gota gorda, tenía su gracia. Fiel criado y chico de los recados presto a los encargos del sotanas de turno: tejemaneje con cirios o lámparas, hisopo y preparativos varios; siempre atento a sus necesidades con las vinajeras o palangana, echarles vino y poquísima agua en el cáliz, dar los toques en la consagración o aguantarle  el misal…

El buen servicio suponía regaliz, caramelos  o la estampita de premio (aquí,  te quedabas con una cara que hasta más tarde no comprendí que era una instrucción en el famoso timo de la susodicha).O si no,  en su reparto de hostias y después de que las  formas  fueran para los buenos feligreses y beatas, te daban las “otras” a base de pescozones varios donde los capones en la coronilla eran la especialidad. Como si quisieran hacerte cura de golpe.

Con todo, asumíamos el riesgo: Cuanto más intentaban convencernos para ir al Seminario, nosotros que más trastadas hacíamos. Terminado el oficio y colgando aquella diminuta y heredada mil veces sotanilla, te ibas con la pandilla a hacer males por las heras. Si aparecía el cura, tocaba acudir presto a besarle la mano, o el anillo que nunca lo tuve claro, o escapar raudo sabedores que con el hábito de 50 botones no correrían tanto.

Otra de las faenas era el acompañamiento coral que grabaría en  mi mente canciones como: "Brotes de olivo en torno a tu mesa...", Perdona a tu pueblo Señor...", " Cerca de ti Señor quiero morar...", "Que alegría cuando me dijeron.”, "Venid y vamos todos..." "Tu palabra me da vida”…. Luego, me serviría para canturrear y fichar por coros, lucirme en karaokes  y convertirme en el lector eclesial de las celebraciones familiares.

Obligaciones cuyo buen cumplimiento iba marcando un aprendizaje hasta alcanzar el grado de primero. Como jefes estaban el tío Miguel el Sacristán, Don. Antonio el Vicario, Don. Aurelio el Párroco y algún que otro fraile del convento. Menos mal que por debajo teníamos aquel monaguillo estatua a tamaño real del cepillo de la entrada

¡Y vaya si aprendí! Palabras como breviario, birrete, crisma, misal, ambón, patena… Conocí la silleta de misa y mujeres con velo y luto eterno; el nada de mangas ni faldas cortas; hacer el camino del Calvario; la  música sacra en Semana Santa hasta en la radio; ayunos y abstinencias; avivar un brasero dándole vueltas y acarrear aquel gigantesco pebetero. Sin olvidar las historias de Santos y Monjas que nos repetían y la  mucha Historia Sagrada leída.

En los ratos libres correteábamos en el parque temático de aquella inmensa iglesia. Siempre con el debido respeto, conste, al mandamás de la casa pues los cuadros que faltaban, rotos y descosidos venían de antiguos expolios y heridas de cuando en la guerra la emplearon de garaje. Entradas, subidas y venidas a la sacristía, púlpito, capillas, altar mayor... Descubríamos rincones, ojeábamos antiguos documentos, jugábamos al escondite, nos disfrazábamos.... A la vista de retablos y alegorías montábamos historias y diálogos imposibles. Era uno de aquellos rollizos y simpáticos ángeles volando entre cornisas y bóvedas. Íbamos quitándonos miedos a oscuridades y esculturas dando rienda suelta a la imaginación .Me gustaba tocar el órgano  cuando no había nadie no ya por practicar pues los pentagramas nunca han sido santos de mi devoción  pero sí por romper con lo prohibido y el silencio de aquella majestuosa  nave. ¡Ojito con que te oyeran! Pero en ese juego de beberse el vino de misa sin que te descubrieran, nos convertimos en maestros; seguro que el Lazarillo fue escrito por un monaguillo colega.

Lugar de encuentro y trabajo: la sacristía. Tenía grandes armarios y sus sitios para  utilería, cruces y palmatorias. Una puerta daba al pasadizo que conducía a las traseras y secretos del templo. En medio, una fuente y una escalera que llevaba al hogar parroquial, palomar, balcón del antiguo órgano  y altillos. A continuación, el despacho parroquial, cuarto almacén  y salida falsa al Sagrario. Mención a parte merece el confesionario, que venía a ser una casita de madera, como de juguete, donde se metía el sacerdote a la espera de que acudieran los afligidos pecadores que arrodillados le contaran a través de una ventanita sus pecados. Según la lista y gravedad te castigaban a rezar x padrenuestros o credos que servirían para limpiarla. No sé, pero para mí que era un artilugio con el se enteraba de todo, sobre todo de lo humano  y ahí radicaba su gancho.

En mi pueblo teníamos Campanero por lo que aspirábamos sólo a ser también su ayudante y a ceñirte a tocar la campanilla o  aquélla cuya cuerda caía en el centro de los bancos ¡Cómo disfrutábamos colgándonos y balanceándonos de ella! Los toques de aquellas campanas: a misa, ángelus, vísperas, rosario, ánimas,  quema y arrebato, marcaban nuestro horario y las horas del pueblo. Subir al campanario porfiando ser el primero; ver los saltos de Miguel con la grande; asomarte a ver las diminutas figuras en la plaza; nidos de palomas e higueras en la piedra; oscuras y estrechas escaleras, tic tac de un reloj con todo un cuarto de maquinaria…

Teníamos una agenda la mar de apretada entre: Réquiem, romerías, Semana Santa, montar el belén, palomar y Acción Católica; fiestas y clavariesas de turno, bodas, bautizos y comuniones. También, me tocaron entierros, visitas a enfermos y extremaunciones, de ahí  mi valentía al sufrimiento y no ser miedica Los madrugones por asistir a  la primera misa llevaban premio y no me costaban. Lo peor, aquellas rosarios y novenas en las que me entraban unos sueños…

Tenía sus buenos momentos creyéndote que ibas también en andas y bajo palio: Pasar la bandeja y hacer sisa, conocer las casas de los ricos y patriarcas donde algo caía; estar invitado a convites y banquetes; nos llevaban de excursión ; las salidas a decir misa a poblaciones cercanas… Sabedor de que el cura del pueblo representaba  una alta personalidad, el estar a su lado me permitía un halo de protección y enchufe que como no, aprovechaba. Hacía la romería en coche, con derecho a comida y  siempre estaba en la primera fila, formando parte de la comitiva que todo lo presidía.

Si los alrededores de la plaza con su imponente iglesia eran el enorme patio de recreo y encuentro por donde desfilaban los momentos trascendentales de la vida de mi pueblo, yo estaba allí… en la diana. Era acólito y tenía mi primer trabajo serio aunque no me preguntéis si movido por la fe, que no me acuerdo

Las llamas de miles de velas y sombras a mi alrededor vieron crepitar mis ensoñaciones. Aquellos siseos rezando por todos nosotros prepararían nuestras almas a los eventos venideros. Pero, me hice mayor y comencé a sentir vergüenzas y ánimos de libertad con lo que renunciaba  a mi vocación de monaguillo y de paso, a querer ser cura.

Evocación de aquel muchacho en el pueblo y que espero, te alcance su reflejo ¿Cómo, si no, comprobarás que no fue un sueño?


Francisco Torralba Lopez
Mayo del 2008
S I G U E . . .Mayo del 2008

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias por tus recuerdos tan entrañables

Anónimo dijo...

Tal como prometes,¿me pasas el texto entero? Gracias

Anónimo dijo...

Amigo dijo...

Hombre francisco, otra vez por aquí, lo que más me gusta de tus escritos , es que parecen de la persona más joven del mundo,mira que tienes mano, con la escritura,muy interesante como siempre y vaya memorión gastas.
27 de enero de 2011 08:22

Anónimo dijo...

Amigo Sancho dijo...

Francisco,que bien describes tus años de monagillo.Da gusto leerte, se hace corto.Cuanto aprendiste entre los muros de esa iglesia.
Seguro que de algo te sirvieron tus madrugones y hacer de recadero por el pueblo.
Si quieres un hijo pillo,que se meta monagillo.
Alguno si que iría por lo menos al seminario, así como salir cantando misa, y con una buena formación.
27 de enero de 2011 10:02