ERAN COSAS DE ANTES

            En este ir y venir por las cosas de antaño, recordando las imágenes de mi infancia, allá en el pueblo,  acuden a mi memoria los sonidos de entonces y entre ellos, aquellas frases lapidarias que repetidamente acallaban los ímpetus de aquellos juveniles años o las penurias  del día a día .  “Toda la vida se ha hecho así… Como toda la vida… ¿Cómo se va a hacer? Pues,  como siempre…”  Manías y estilos, hoy tan chocantes, que marcarían nuestros primeros pasos  y que eran otra forma de vida. Eran cosas… de antes, que forman parte de nuestra particular historia ¿Vienen conmigo a rememorarlas?
        
         Y comenzaré con otra  de aquellas fotos antológicas; ésta,  de mujeres en uno de aquellos lavaderos públicos (tras esfuerzos vendría el lavadero de losas, luego de granito  que aún veréis en las casas) contando chismes, dimes y diretes o canturreando coplas. Allá que iban con el barreño a la cabeza o las veías subir y bajar cuestas acarreando la cesta con la “masá” semanal   hacia el horno o viniendo del campo portando cualquier cosa de esta guisa como ahora vemos  por la tele a las africanas. Todas con aquellas indumentarias   de colores oscuros y delantal multiusos siempre atareadas pues habían dejado el eterno puchero hirviendo en aquella cocina de leña o pegao al fuego de donde sacarían las brasas para la plancha o arrimarían la otra.
           Los hombres en sus faenas con el apareo, estajo e  “ir a la masá”, siega, patata, naranja o vendimia (entonces éramos nosotros los emigrantes); dormir al raso o en el pajar, colchones de lana y farfollas. Los viajes eran interminables  por carreteras tercermundistas y llenas de  curvas, bancos de madera en los trenes que nunca llegaban, trasbordos y bultos en la baca. Bajar a la capital era  una aventura entre tanto tranvía o  trolebús con cobrador, coches de tracción trasera y motos con sidecar. Ajetreo y tráfico del que nos reíamos con Paco Martínez Soria, el de los pollos en ristre, con sus máximas: “La ciudad no es para mi” y aquella de “Pita, pita que como no te apartes tú…”
          Lo forastero asustaba y lo cierto es que no se paraba; no había prisa pero tampoco pausa en aquel mundo donde las horas las ponía el sol pero que las marcaba el  reloj del campanario o sus toques  de campana fuera a arrebato o difuntos. Lo nuestro era el  traqueteo de carros y caballerías por aquellas  calles de tierra llenas de chiquillería y casas siempre abiertas. Bienvenida era la aparición del cartero con su uniforme y gran cartera; la del alguacil echando bandos con aquella trompetilla antológica o la pincelada nocturna del sereno con su farolillo que gritaba: “Las dooooce y el sereeeeno. Tanto, que llegando la  Navidad , unos y otros veníamos a cobrar el aguinaldo al vecindario. Todos nos conocíamos y cuidao con lo que se hacía pues el qué dirán era ley; con todo, ante las adversidades bien que acudían como en Fuenteovejuna. Se respiraba una tranquilidad sólo rota con los toques a quema y bandos, la cancioncilla del afilador o los sones de los viajantes que intentaban romper la monotonía trayendo novedades a un mundo donde cada cual se las arreglaba fuera con  cordil,  bencejo o bramante o yendo al entendido que te lo apañaba  a cambio de ,a falta de dinero, trueque y pagos en especie.
         Tocaba remendar, de tirar nada, entre parches heredar o apañarse con lo que se tenía. La ropa pues, pasaba de uno a otro y muy en contadas ocasiones  te tocaba algo nuevo. Si tenías esa suerte, ibas de “estrenas” y el término vino a dar nombre a cualquier paga o regalo que te daban. No había duchas en aquellos váteres de agujero pero cada domingo, tocaba zafarrancho de limpieza antes de acudir, en ayunas claro, a misa. Éste, consistía en lavarse en barreño o lavadero y cambiarse la muda; encima  de la felpa,  el tergal, pana  o lana  y calarse la boina, gorra, pañuelo o sombrero de turno. Indumentarias típicas que poco cambiaban y relatarlas  merecen capítulo aparte
        La estampa  la configuraba toda la familia reunida frente al logar escuchando en la radio los boletines informativos, radionovelas y discos dedicados. Tiempos de compartir cama y todos comer de la sartén, beber a caño  o de aquella bota con vino de los cubos , de sacar de la jarra o de lo que tocaba en la estación; comprar fideos o galletas al peso , recoger cupones y devolver el casco, fiándote las tiendas si no te llegaban las pesetas, perras gordas o chavos. Anís, mistela, coñac  y pasticas hechas en casa pa las celebraciones. Fabricarse el propio jabón y trabajar el esparto o el mimbre Ver  los platos de dúralex o loza. Dar recaos y hacer mandaos e ir a repartir la leche  o traer la bombona de gas azul.  De vida sin alardes guardar para mañana o si venían mal dadas  sólo rota con la llegada de alguno de fuera (para ellos las mejores tajas y siticos) y no digamos  de cómo celebrábamos la llegada de un circo, tirititero o viajante
         Fuimos chiquillos que aprendimos que la letra con sangre entra  y que había que trabajar ya desde chiquitines.; que las peleas  se arreglaban a pedradas y no pasaba na; que los chichones se curaban con el duro atado, las paperas y muelas  con el pañuelo de oreja a oreja, la barriga con los purgantes y las tonterías  con  ricino. Si caías malo de verdad se recurría a los  remedios caseros, cataplasmas, curanderos y en último recurso, al médico. Niños que se entretenían con cualquier cosa  (a falta de tortas...) todo el día en la calle y sin los miedos de ahora. Empezamos a ver la tele en blanco y negro, sólo a ciertas horas y yendo a casa de la vecina. Jugar al futbolín, máquinas pin ball y de discos era un lujo. Llegaban las fiestas del pueblo y era el acabóse. Devorábamos tebeos y fotonovelas o acudíamos al teleclub o biblioteca. Tuvimos la suerte de ir a la escuela y  así  huir del analfabetismo reinante y más tarde nos hicieron hombres de provecho en la mili. Íbamos a la terraza de verano o al gallinero del cine entre cortes y censura. Hacíamos autostop y novillos pero nos obligaban a respetar la digestión y que primero eran los mayores o te las veías con la zapatilla justiciera  De mozos montábamos guateques y juergas antológicas con fotos en blanco y negro y de un color hoy descolorido.
          Una lista de cosas que tú continuarás, seguro. Eran otros tiempos  que merece la pena recordar sin  que este mirar atrás  suponga ponerles falta,  pues como dice Robert Fripp: “Cuando transcurre el tiempo cada cosa tiene su momento. Nuevas cosas acontecen mientras las cosas anteriores envejecen” Son el mosto y la base  que le han dado al vino de  nuestra vida  mejor crianza y valor, ¿no crees?

Francisco Torralba Lopez

3 comentarios:

Amparo Gimeno dijo...

En Chelva tenían mucha suerte, pues la cantidad de agua que teneís facilitaba y facilita los trabajos de la mujeres, mujeres luchadoras que con muy poco hacían mucho y lo más importante hacían que nosotros, los hijos no notaramos la precariedad de la época. Todo tu artículo me transporta a tiempos pasados; el lugar donde ocurren las cosas pueden llamarse Chelva o Alcublas pero son identicos.
Felicidades por esta narración tan explendida.

rafa dijo...

Francisco te deseo un maravilloso 201.

Anónimo dijo...

Maravillosos!!!!!!!!!!!!!!