AQUELLAS MADRES DE ANTES

       Toca hablarles  de mi madre, la verdadera inspiradora de  estos relatos, ahora que me ha dejado para ir a su bien ganado cielo.
         Y  rebuscando la foto con la que mejor ilustrarlo, escojo ésta en  donde la vemos junto a la abuela Escolástica  que lleva  en brazos a la Tía  Ramona. Imagen de cabecera de madres en blanco y negro, como no podía ser menos, y retahíla de recuerdos como homenaje a esas  Madres, con mayúscula, que fueron; que nos dieron la vida, el alma de nuestra infancia, guiaron nuestra y juventud y que son el ejemplo a seguir en nuestra madurez. Y en la visión que me asalta  la congoja y el ruego: Madre, ahora que estás con  la tuya repitiéndole lo solicas que os dejó, y  tan joven, no olvides a los hijos que por aquí aún andamos. Pero como decía San Agustín, no nos pongamos tristes por haberla perdido, demos gracias por haberla tenido. Orgulloso pues de ella, vayan unas pinceladas de aquellas madres, y sus hijos, tan  especiales; como las de ahora y las de mañana, pero singulares por cuanto eran de otro lugar y tiempo. Aquellas madres de entonces, tan… ¡Tan peculiares!

          Primero las retrataré con su  eterno delantal en ristre, pelo con permanente o recogido en moño con aquellas peinetas y pañuelo al cuello convertible. Holgados faldones, siempre de oscuro o de riguroso negro en un  perenne respeto y luto a guardar ¡Parecidas a ésta!

           Aquéllas sí eran esclavas y su jornada comenzaba con las gallinas; con el gallo el hombre se levantaba para dar de comer a los animales e irse al campo pero ya ellas le tenían dispuesto la leche con malta y rebanada de pan; no si antes, haber limpiado el logar y sacado las cenizas para encender nuevas brasas. A escape que Padre echaba un bocado mientras ella le preparaba el saco de la merienda. Él que marchaba y empezaba su sempiterno ir y venir por la casa: poner a cocer el eterno caldero para  los animales; echar mano de la escoba de enea para el patio y  barrer toda la entrada Subir a llamarme para en un santiamén marchar a la escuela, el turno de arreglar al abuelo, bajarlo a sentarlo en su trono frente a la chimenea y volver a ordenar  cuartos y alcobas, sacudiendo la lana o  airear alfombras  por el balcón, vaciar orinales… hasta que la veías dispuesta a salir  ora al lavadero, ora al horno o  a hacer cualquier recado que terciara. El cambio de delantal o mandil lo anunciaba y así que las veías trajinar yendo y viniendo portando pesos en la cabeza, presumiendo de  equilibrio y cuanto más carga más orgullosas. Me parece verla aún, con mis ojicos de chiquillico, con aquel barreño con la colá en lo alto mientras huelo el almidón,  al calor de aquella plancha arrimá al fuego o conteniendo aquellas brasas ; o asomando con el cesto lleno de recién horneadas  pastas  sentado en el quicio de la puerta.

         Si se calaba los manguitos es que llamaba a zafarrancho de limpieza a base de arrodillarse y arrastrar aquellos pesados cubos de hojalata. Ayudándose de estropajos reciclados de algún resto hecho de esparto, trapos a colorines   (testigos de zurcidos  y sobras de costuras) y cepillo de raices, daba las rayas a los ladrillos de suelo y escalera  y aceite a las juntas de madera. Agua de escaldar, arena de fregar, jabón hecho, lejía, zotal y vinagre… pero nada de mejunjes de droguería como ahora. Si los manguitos eran los blancos y a juego con el delantal, es que  se mudaba para pasar a ser la panadera  con la “masá” semanal, la pastelera de pasticas  que anunciaban celebración a la vista o la ayudanta en la fiestica  que rondaba: bautizo, comunión, clavariesas,  matapuerco, etc.

          La por fin construcción del  lavadero en casa, resultó para ellas un gran avance. Se ahorraban de subir y bajar cuestas, aunque  perdieran los dimes y diretes de las parroquianas del lavadero público. El agua corría en las casas y  ya no tenían que trajinar con cántaros y botijos. Cambio que también sufrí en mis carnes cuando me vi lavándome en él y no en el barreño al sol de los chapoteos de mi infancia. Lavaban los trapicos cada día y ahora siempre había ropa tendida en el descubierto. ¡Entre ella  disfrutaba, soñando, que también a mí el viento me ondeaba!

          Mujeres hechas y derechas en mil detalles. De bien jovencicas, aprendían a coser y  bordar para así ir haciéndose el ajuar que sería su carta de presentación social. Buenas aprendizas  de sus propias madres cuando no, desde muy temprano, sus suplentes  cuidando de sus hermanos y de sus menesteres.  Ardua carrera, en tiempos difíciles y sin estudios  pues la escuela casi ni la cataban ya que las faena era lo primero y hasta se esperaba su ayuda en el campo, rey de aquellos años. Allá  también acudían para, tiemblen las igualitarias de moda, plegar y no coger olivas, plegar y no cavar patatas o cebollas, escardar y preparar semillas; recolectar y no llevar al almacén, subir al trillo pero no el aventar, montar en burro o a la grupa…

          Amas de casa  que cuidaban de su hombre y la casa, de profesión sus labores que como decía nunca se acababan. Y encima, la responsable última de aquellas familias y su relación con el vecindario en el que los críos les dábamos la matraca. Aquellas regañinas por mis maldades y verla sacar la zapatilla justiciera cuando reñía o hacía azares con el sermón de que habías de hacerte un hombre de provecho aún me infunden respeto. 

           Era la dueña en un mundo en que parecía que los hombres mandaban pero no, sólo llevaban la pana. Del padre recibíamos los apellidos, permisos oficiales y  mote pero a la callada eran ellas las que manejaban el cotarro y las continuadoras de las costumbres familiares más ancestrales: Ricos pasteles y rollicos, recetas de la abuela; valiosas ropas,  encajes y enseres de los tatarabuelos y maneras de hacer tradicionales: Jabón casero, queso y requesón de cabra,  flanes y dulces, almíbar y olivas en salmuera, salazones y embutidos… ¡Cómo toda la vida, decían!

          La mejores curanderas y entendías en males y trenques, echando mano de aquel saco botiquín (curioso utensilio para guardar acarrear cualquier cosa de entonces que bien merecería escrito); cataplasmas y remedios magistrales en una natural medicina: purgantes y ricino, perra gorda, sudar la cama, caldo de gallina, friegas y vahos, palico de oro e ungüentos varios… Cada una se especializaba y servía a otro, fuera de comadrona,  componer huesos, barruntar diagnósticos… La mía iba y venía poniendo inyecciones como ninguna. Muy malico tenías que estar para  tener que recurrir al médico o boticario 

         Hasta el ocio lo aprovechaba como ninguna y es que entre tanta marcha, aún tenía tiempo para  apañar sietes, darle a las agujas y confeccionar jerseys y bufandas, hacer patucos  y filigranas con el ganchillo,  partir nueces, arreglar  olivas, hacer rastros de pimientos secos… Incansables y duras manos, recuerdo como cojía los tizones sin quemarse, que nunca paraban a los sones de la radionovela de turno y el palique del corro de la calle  donde se hablaba de mil cosas. A su vera muchos ratos de ejercitar mis manos a la par que me iba fajando en el santo qué diran y el comadreo de  la fresca; un alcahueteo sano en aquel vecindario, aquella  gran corrala, de casas con puertas siempre abiertas en las que todos eran mis “tíos”  y  el gozo de ver compartir las alegrías y desgracias.

            La mía fue moderna y quiso que sus hijos pudieran volar para buscar otros mundos. Convenció a Padre para que Cristóbal escapara a trabajar allá abajo y por mí acudió a pedir beca. Aún oigo, entre los  refunfuñeos de aquél, la máxima“ Anda galán ves y estudia mucho que aquí ya sabes lo que te toca”. 

            Me hice maestro y me convertí en padre .Todavía seguía hablándole de usted  y  sus sabios consejos de respeto y rectitud en la vida. Mientras sus nietos la abrazaban, adorando a su figura, repasé lo mucho que aprendí de ella: De sus manguitos, el tener que remangarse y ser el primero en hacerlo; de sus cambios de indumentaria  el ser dispuesto a lo que terciara  y a escape; de su echar mano de la silleta y velo para ir a misa, la humildad en la creencia de los actos. Del cambio de muda y  bolso el estar siempre a punto y presentable; de su cariño a la gente el ser abierto y educado; de  los parabienes con el recién llegado el ser hospitalario; de sus remiendos el aprovechamiento de las cosas… ¡La lista se me hace interminable!

              Aquellas madres pasarían a la historia siendo las eternas calladas que aguantaron  un mundo en posguerra. En procesiones y misa aparte, en las celebraciones aparte; no las veías en los cafés, ni tirando de vinos y licores. Siempre a la espera de un mañana lleno de sombras, entre maridos que se iban   a la siega, la patata, naranja o vendimia, que el cartero trajera carta de los suyos. Llegadas al merecido retiro, perdían esposos  y se quedaban en aquella casa llenas de recuerdos; solas, tirando de tele y pensión esperando vernos volver a casa por Navidad, como el anuncio ¡Material para componer  mil coplas de aquellas que les gustaban!

              Leí por ahí que nuestras madres nos abrieron las puertas pero sólo nuestra voz hará que se mantengan abiertas de par en par. Si empecé estos relatos, junto al fuego, a su falda, lanzo estas palabras al viento para que sus biznietas y todos los que vengan detrás sepan, de buena tinta,  quién era la Tía Vicenta. Una madre más…de aquellos tiempos… ¡El faro de mis recuerdos! 

fRANCISCO tORRALBA  2010

4 comentarios:

JLA dijo...

La madre siempre presente, la mujer y "sus labores", auténtico motor de la sociedad... No suelo ser persona de comentarios en blogs, pero es que no puedo evitar darte la enhorabuena por tus emotivos artículos. Gracias por compartir estos recuerdos con los demás.

Anónimo dijo...

Casi de tu quinta dijo...
Sí Francisco, eran cosas de antes,pero que muchos las han olvidado y otros no sabemos guardarlas ni relatarlas tan bien como lo haces tú. Seguro que un día de balsa y uno de masijo de antes,tenían un algo especial, que por mucha lavadora automática y buenas panificadoras nunca podrá ser igual. Gracias por esta maravilla de artículos del pasado.
francisco felicitarte de nuevo , tus articulos dejan siempre ese sabor a añoranza que deja en el paladar un regusto bueno a la andadura personal, personas como tu hay pocas que ofrezcan tanto como su vida y trayectoria personal a cambio de nada.Eres un ejemplo para todos.
19 de octubre de 2010 20:52

Anónimo dijo...

Sin hacher nadha dijo...
Pues Francisco vaya FAENICA q te has buscado, te acuerdas de todo, que memoria tienes estoy admirado,

Anónimo dijo...

Otro de pueblo cercano dijo...

Pues sí Paco.Has realizado un retrato a la perfección,muy poco te has dejado en el baúl de los recuerdos, lo has encontrado todo.Que manera de trabajar y padecer por todo y por todos.Pero pienso eran felices,eso de lo que ahora se dice padecemos bastante,este pueblo ya no es lo que era, casas abiertas, tertulias a la fresca,pláticas en el lavadero,hornos, fuentes. Todo esto se acabó,ahora toca sentarse frente al ordenata e ir buscando todo aquello que te apetezca saber.Pero el sabor de lo añejo, ahí metido no está.Tú lo sabes describir, porque lo has vivido y retenido. Ahora lo sueltas. Muchas gracias D. Paco.
4 de mayo de 2011 17:36

Anónimo dijo...

Como nos acordamos de todo aquello que queremos, de nuestra infancia , juventud y de nuestras madres que son las que nos sacaron adelante , como tantas otras cosas , fueron ellas las mantenían la sociedad entera , equilibrada, justa , son ellas las que ya se han cansado de tanto , de tanto esfuerzo para que las entendamos , casi sin enterarnos que estaban ahí que han decidido dar un paso hacia adelante . Ellas si actúan con determinación y no el hombre que se cree lo que no es y ella le dejó hacer , hasta ....... , hasta cuando las van ha dejar actuar????
4 de mayo de 2011 21:46

Ursulina dijo...

las madres de entonces mucho mérito tenian, pero las de ahora tampoco se quedan cortas, trabajan fuera y dentro de casa,se preparan y asumen más responsabilidades que nunca,en un mundo masculino aún en muchos sectores,menos en el banquero.
4 de mayo de 2011 22:05

Agradecido dijo...

Se hace difícil hacer algún comentario, porque han hecho pocos, pero han dicho casi todo lo que se podía decir de este artículo. Nada, pedirte encarecidamente que sigas ofreciéndonos de vez en cuando estos magníficos artículos: se publican un par de días, pero yo pienso en lo que nos cuentas durante muchos más. Gracias
5 de mayo de 2011 21:03

pan, vino, requesón y miel dijo...

¡Ay, la de cosas que hacían aquellas madres! Lo malo es que no tenían reconocimiento público, porque su papel era por obligación discreto (la iglesia y los machotes se ocupaban de ello).
Por cierto que me ha gustado la referencia a los alimentos que preparaban...¿dónde está la abuela con su alacena...?
5 de mayo de 2011 21:07