EL ABUELO FRANCISCO


           Rebuscando entra mis recuerdos escuchando a  la Luz Casal he dado con esta otra vieja foto de la familia. Rota y descolorida la pobrecica  por el mucho trajín de amores que acuna,  de mis abuelos Francisco y Escolástica de hace que ni se sabe. Y aún me parece sentir aquel sentimiento de volver a desdoblarla para mirarla hasta que mi madre me pillaba hurgando en su monedero. Que el retrato de marras era su mejor tesoro a juzgar por las lagrimicas que entonces se dibujaban en su carica y el empezar a contarme de sus padres. Y yo que otra vez me embobaba al oírla hablar de lo guapa que era la abuela  y lo solica que la dejó güerfana tan joven; lo buen mozo que era el abuelo pa llevarse lo mejor del pueblo y lo relisto que era. Al calor de sus palabras  me viene la añoranza y mi cabeza que deseguida  viaja a aquellos tiempos.
        
          Allá estábamos como cada noche la familia reunida frente a la lumbre formando aquel semicírculo mágico que ahora añoro y vale la pena recordar. Mi padre con sus remiendos de esparto, mi madre colocando las trébedes y sartén para la cena: mi hermano buscando los discos dedicados en aquella vetusta radio y mi abuelo teniendo cuidado de que no le faltara alimento a aquellas brasas. Se comentaba el día, las cosechas pero sobre todo, se hablaba. Y entre las voces sobresalía su tono grave, de realeza, pues eran tiempos del consejo de ancianos, del mejor sitico pal  gran capitán

          Después del repaso a los aconteceres diarios, de galimatías de siembras y cosechas, tratos y planes, vuelvo a acomodarme entre sus piernas para soñar  con sus batallas subiéndome a su carro de historias interminables. Y allá que me llevaba a sus tiempos por Francia donde estuvo de maderero por las Landas. Cuando me enteré de la fama de los madereros chelvanos, ¡qué orgulloso me sentí! Eran relatos  del duro oficio  que empezaban de criícos  arrancaos del regazo de la madre para ir a sufrir fríos y vaivenes aunque sólo fuera pa  guardar el hato o simplemente no tener que alimentar otra boca; a to esto, con peligro de lobos y bichos. Se haría un apuesto mozo curtido en mil maderas llegando a ser capataz y logrando un alto puesto en sus fábricas. Quiso llevarse consigo, a la abuela que bien poco duró en tierras extranjeras  y que prefirió volver con sus zurcidos y coseres entre modista y dedales. Fue la única que pudo doblegar su carácter y poderío que no le dejó afincarse y le obligaba a ser el eterno emigrante. De esta manera, mandaría buenos dineros con los que compraría nuestros mejores bancales.
       
            En éstas que se queda viudo y le toca volverse. Sacrificaba su cultura de trotamundos  en aras de aquellas chiquillas a las que sacar adelante. El campo, claro, le iba pequeño y su saber estar y sus andanzas forjarán  su leyenda de personaje de primera fila  en el banco de la plaza. Época difícil de rencillas políticas y luchas fraticidas en las que unos y otros, de cualquier bando, respetaban lo que dijera y esperaban sus consejos e ideas. Hasta tuvo que decir no a convertirse en alcalde. Era la guerra y venían heridos y soldados a los que socorría; idealista él y no le tocó ninguna checa.

          Sí, fue un gran hombre de su tiempo el Francisco, de apodo el Choto; término que de buen seguro venia a reconocer su porte; ser el líder, el macho alfa que hoy dirían los modernos.

           Yo ya lo conocí de mayor, que no viejo, a raíz del corazón y cabeza que exhalaban un genio y figura sin par. Venía de la escuela y su receta mil veces repetida de arroz con patatas maldiciendo las noticias del diario hablado de las dos y media. Con mi tía, lo teníamos a meses pero seguía mandando lo suyo en las dos casas. Hasta el ajaceite le salía como a ninguno, pobre de él si no, si se rodaba. En el matacerdo era el rey del gazpacho y las gachas. Siempre bebiendo a chorrico pa  que le pasara el nudo pues aquejaba un mal remedio que le quemó el esófago al realizar un enjuague con aguarrás (ni éstas pudo con su grandeza)

           Hablaba francés, leía y tenía cultura ¡cómo me envidiaban los otros chiquillos! En las salidas a la fresca era la enciclopedia  y le tenían un respeto grande. Hablaba de política sin miedo, sabedor de la bula que sobre las autoridades tenía. Su aureola era inmensa y venían a pedirle consejo o descargaba sus quejas ante cualquiera.  Guardaba viejos libros prohibidos, papeles de cuando fue secretario de la almazara y rebuscaba legajos y revistas donde fuera.

           Hasta en el hospital tuvo que ver con personal y compañeros  de cuarto. Peleó para que sus nietos escaparan de la tierra  y  murió  feliz de saber que uno marchaba a estudiar fuera.Su chaqueta de pana y bufanda aún están en el arca; su inseparable garrotico  lo hizo suyo mi madre convaleciente y sigue por nosotros velando por la casa.

           Si  a escape me sacáis el parecido, diréis de mí que soy como el abuelo Cristóbal. Al final resulta que yo, el menos indicaico, he sio el que se hizo profesor y emigrante, el que habla otras lenguas, el trobador y animador de gentes… el que tu estela sigo.

          Ahora que soy el abuelo empiezo a saber de tus adentros. Tomo tu testigo y quiero convertirme en el faro, en la sencillez de la piedra angular que me enseñaste. Me vuelvo corriendo buscando a mi nieta Nuria la de los rizos y genio. Hoy que las familias ya no son como entonces, que andamos deperdigaos faltos de aquella flama  merece la pena nombrarte y contigo a todos aquellos abuelos que antes que nosotros existieron y son  el ejemplo a seguir.
        
           ¡Por ti, figura y genio!  
Francisco Torralba
Enero del 2013
                                        

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Ho fas molt bè!

Anónimo dijo...

Its like you learn my thoughts! You appear to grasp so much about this, such as you wrote the book in it or something. that is great blog. A fantastic read. I'll definitely be back.

Anónimo dijo...

Mas emocionao,chelvano