El úlrimo de mis relatos...
Costumbres y palabras de un tiempo y un lugar
Aquel ir a la masá de entonces
Ésta es otra de esas costumbres arraigaicas a la tierra, hoy ya en desuso, que viene de los tiempos del blanco y negro y las caballerías. Ir a la masá, expresión rancia que la mayoría ni entiendan y que otros habrán ya olvidado en su vieja arca de la cubierta. Si por aquel entonces de mucho bregar en el campo,, a mano y sólo con ayuda de animales, esta faenica de tener que acudirr, durante días, a la aldea , pedanía o secano más alejao fuera el Mar de Aliaga o Alcotas, Mozul o el Plano, Valseco o Bercita… era sin dudarlo, la reina por su mucho penar e iba primerica en la tanda .Un ir i venir con sumo esfuerzo, de sol a sol y penuria de comodidades: Una empresa que tiene su contender con los andaluces en su cortijo ,catalanes a su mas, o los sefarditas en su incansable éxodo.
Pa ilustrales el tema, esta fotico que se me antoja de entonces y resulta sacá hace unos días cuando dando una vueltica por aquellos siticos de mi infancia y juventud como la mejor máquina pa echar un vistazo en el tiempo y así rememorar sentimientos, tuve la suerte de toparme con la estampa. En volviéndola gris y llevao por las musas me paice que ése a la grupa es mi padre y ya me veo montao en el otro macho iniciando uno de aquellos antológicos viajes que empezaban enfilando la cuesta .
Arreo de esta traza, al viejo mulo del recuerdo para que aligere con nuestra pesá cargica de la memoria. que buena falta hace. Y , comienzo…
Nos hemos levantao con las gallinas Madré hizo la masá y le pegó un tiento al pernil; sacó de la jarra y metió cosas en la cesta. Mientras, padre estuvo replegando herramientas y afilando corbella; repasando tiros y bencejos y dándole bramante a las talegas; apilando alfalfa y dejando avío pa días pa los animalicos. Estábamos de marcha pero na de maleta ni ir mudaos, al contrario cualquier pial bastaba. Esta vez no era cosa de irse a la siega o patata de allá abajo y na de Chelvana o Juanita- La manta a cuadros de los antepasaicos, serón hasta los topes y allá que nos íbamos pa unos diícas y hasta a saber para cuando.
Nosotros la teníamos en Ahillas así es que inevitable era la subida al Remedio a los sones del repique de las herraduras con el asfalto: Deseguida, comenzaba con mi letanía de preguntas azuzaico por mis deseos de saber de chiquillico : Papa cuéntame otra vez de cuando tú … . Embobaico me iba enterando de sus historias, de cómo le tocó la guerra con su quinta del biberón; de sus azares de mozo y la mili por los Mandriles; del abuelo y que si en Chelva tal o cual cosa. Na más llegar, después de la ayuda de algún atajo, tragico de agua de la botija que el ermitaño ponía en el cruce y sorteando alguna que otra ventisca helá del pico, tocaba descargar las cosicas en la casica . Ésta, era un simple refugio con su patio de entrada a lo corral de ganao pero en pequeño, plantica baja con pajar y establo y unas escalericas por las que me enfilaba a escape al primer piso, Allá destacaba el logar , al laico una gran jarra y cantarera y una puertica que daba a un diminuto cuartico que lo dedicábamos a despensa. Poníamos, como estaba mandao, el pan y lo perecedero en la gran orza, nevera de entonces; metíamos arroces y garbanzos en tarros de barro y replegábamos los cuatro trasticos pa guisar pa pasarlos por el frijo. Darle una escobá con aquella de enea que se me antojaba gigantesca y hacer viajes a la fuente pa traer agua que por supuesto allí de corriente no había. Tampoco retrete que cuando apretaba tirabas de corral o ibas a la era próxima. Y a oscuras, solo el candil, la lumbre y las velas rompían algo las foscas así es que llegando la linterna aquello era el acabóse.
Tirar de saco de merienda al mediodía, chusco y cualquier cosa, y sólo cuando ya oscurecía volvíamos a aquel redil. Con las borregas habíamos salio y con ellas regresábamos en un sin par reloj con el que ni nos acordábamos de los toques del campanario. Dar de beber al mulo, llenar pozal y botija y tirar pa la casa donde hacer de caliente. Patatas con caldo y pimientos con sardinas, sartená de arroz con patata y bacalao o puchero de barro con lo que cayera. En la espera, delante de la chimenea, más charreta y velás a la luz de aquel chisporroteo con sus luces y sombras. Que hasta había que escusar aceite o mecha candilera y por supuesto las fuerzas por lo que prontico nos íbamos a la cama. La susodicha venía a ser un apaño en el suelo de paja y ropajes varios. Sintiendo a lo lejos a los bichos me dormía. Olor a heno y estiércol, refrior de la noche y la mojaica del rogío del alba
Iban pasando las jornadas sin los voceríos de la arradio, bandos de turno y casi sin ver a un cristo salvo el ratico del atardecer en la fuente cuyos caños llamaban a retreta . Esperaba el aparear y las cuellas de la vendema pa oir coplas y alcahueterías varias con las que animar las horas. Recuerdo al tío Francisco y a los Arandas... Entre tanto callaico trajín aproveché muy bien aquellas palabricas de aquellos mayores de poca labia pero que atesoraban enciclopedias de experiencias. Cuanto más duro era el trabajo me salían con aquello de : Tú estudia galán, si no ya sabes… ¡Vaya si seguí la cartilla!
Las faenicas que tocaban y a destajo que aquí la mida eran los días de labrar y acudir tol mundo al zafarrancho de las las recolecciones hasta amprando bestias y aperos si hacía falta Grano que vendíamos al almacén del trigo y al Furo o que haríamos servir pa pagar rentos y guardar pal año. La uva a los cubos y a Tuejar. Mucho ir arrastraos pero ninguno se hacía rico, repitiéndose una y otra vez, como toda la vida se había hecho…
Ir al Tascón a quitar piedras y hierbajos. hacer las orillas, y arreglar desaguisaos al arramblar el agua unas tablas. larguísmas , con más de una rocha e islotes de monte y ribazos que dos por tres se venían abajo. Me hundo otra vez por aquellos surcos en sazón con mis albarcas o esparteñas y a rodales vengo a atascarme; hago caricas viendo comer al mulo cardos y a mi padre arrancándolos con la mano; espero ansioso la señal de subirme pa tabletear imitando al Ben Hur ése
Tras la labrá venía la siembra y en éstas que voy echando un hilico de simiente siguiendo la estela de mi padre y su aladro y de tanto en tanto, arrojar guano. En las parás, bozal pa comer el macho y del mejor grano que el pobre se lo había bien ganao.
Con el verano y su calorín tocaba la siega al ritmo de las chicharras . Polainas y delantal, sombrero de paja de ala ancha, pañuelo al cuello, la barza pa la corbella de segar y la zoqueta y nosotros, los chiquillos , y mujeres, recogiendo espigas, acercándoles a los hombres la botija y bencejos, atando y apilando garbas. LLegao el turno de la trilladora tocaba acarrear. Mejor de noche con tal de que no se desgranara la parva así que tuve que espabilarme pa quitarme las legañas, no liarme con la soga de marras e ir al trote subido a las varas. Hacinas en las heras que compartíamos entre varios vecinos pero hacía tiempo que aquí ya no se trillaba a la vieja usanza y era cosa de aquel armatoste de madera y hierro tirada por un tractor de los Taure que la remataba en un santiamen.
Así hasta que sobrevino el Grupo y las máquinas cosecharían el fruto sin tanto esfuerzo y penurias aunque aún echaríamos algún jornal pa sembrar, ya a manta, o arreglar cajeres y bancales.
La cepicas de viña en los Pinos Altos eran otra cosa. Mientras padre serpenteaba entre las tablas o podaba nosotros esporgábamos, hacíamos los tronquicos, arreglábamos las hileras y replegábamos sarmientos. Supe de clases de uva, injertar y luchar contra las plagas con mejunjes con los que solfatábamos ayudándonos de aquel fuelle de azofrar o una simple telica metálica Con la vendema la aldea hervía de gente que como nosotros iba cortando con aquel honcete , más tarde la tijera sería la repera, y arrastraba capazos y banastos hasta abocarlos en aquellas alportaderas que ristras de burros, machos y caballos llenando los caminos venían a confluir en aquella gigantesca lona que iba acumulando la producción, y era mucha, de toda la aldea . Después, unos camiones la bajaban a los Cubos o la coperativa de Tuéjar dejando regueros de mosto en las curvas de la carretera. Por el día el lorenzo que bien le pegaba y a la hora de parar pa comer nos refugiábamos en aquella centenaria carrasca donde más de una vez coincidíamos con otras cuellas y se sesteaba Claro que había moscas pero aquéllas te respetaban y sólo los tábanos importunaban a las sufrías caballerías pero de mosquitos nada.
Unos poícos banastos se salvaban de la romana y la venta yendo a parar al lavadero donde veía a mi padre chafar hasta convertirlos en un mejunje que decía levantaba a los muertos y que mi madre sacaba pa levantar ánimos a lo kina san clemente . Apartaba también, algunos racimicos escogíos ; la de colgar, como decía que iba tendiendo de los clavos de la cubierta junto a melones pa ir tirando de ellos hasta las Navidades.
En rematar las faenicas volvíamos al pueblo, cansaos pero la cuesta abajo ayudaba. Pasando las Lomas, había que aprovechar el viaje, cargica de estiércol de monte, piñas o pinaza pa encender y pa casa.
Haciéndome mayor y ya estudiante, aún hice el viaje pa ayudar en lo que podía. Aquellas idas y venidas a la masá se fueron diluyendo en ráfagas de acudir a la vendimia y echar días al grupo. Los hijos habíamos volado, y mi padre y su mulo pasaban al retiro. El tan deseao Mercao Común exigía arrancar la viña y las cosechadoras se comían las ganancias. Vendíamos las cepas y las tablas pasarían a yermas. Fue el principio del fin en donde la casica era el testigo mudo que resistiéndose al abandono aún aguardaba nuestra vuelta. Años más tarde volví a traspasar su puerta, como visitante, acompañado de mis hijos a los que di cuenta de mil y una historias sobre ella. A nuestro alrededor objetos y cacharros llamaban la atención: la chaqueta de pana de mi padre, aquellas zarrias, aun paja fresca amontonada, la orza cuartea… Al viejo tascón le habían crecido matas y pinos y casi ni le reconocí; de la viña no quedaba na y la carrasca lloraba savia… La nostalgia que se me hizo carne viva y tardé mucho en volver a aparecer por alli
Esta primavera lo hice y un montículo solar es lo que queda de la casica. El reñal y la hera es un moderno patio con su barbacoa, los corrales se han convertido en señoras casas con sus alcantarillaos y postes eléctricos. Los artistas han dado un nuevo impulso a la aldea… ¡De todo aquello que les contaba casi no queda nada!
De ahí mi canto para airear a los cuatro vientos que aquello no fue un sueño y sí las batallitas del abuelo que se regaron con muchos sudores y costaron muchas lágrimas a sus antepasaos. Aquello sí que era penar, como dicen los más viejos del lugar. Una vida muy mala, muy esclava pero esa era la vida como dice mi tía Ramona ¡Sea éste el homenaje que merecen tantos sin sabores!
Francisco Torralba Lopez
Tarragona, julio del 2011