HASTA PRONTO AMIGOS


HACE TIEMPO  NOS QUEDAMOS EN SILENCIO
LA VIDA SIGUE Y HAY QUE VIVIRLA DE FRENTE
EL TEATRO OCUPA AHORA MIS DIAS
Y VOSOTROS, MIS RECUERDOS Y LECTORES,
MI CORAZÓN POR SIEMPRE

Algunos escritos quedan incompletos pero no duden en solicitármelos si así me lo comunican


PARA NAVIDADES, LAS DE ANTES


"¡Jamás podré olvidar lo que sentía en aquellas fechas navideñas de mi infancia! Entre garrapiñadas y peladillas, entre turrones y boniatos, en largas mesas familiares con abuelos y tíos a los que ya nunca podré abrazar, porque se fueron, casi sin avisar, en alguno de esos insoportables espacios de tiempo que separan a una Nochebuena de otra"



           Vale que las de hoy sean todo un fenómeno mundial, un espectáculo de luz y color, de  deseos de paz y amor, de inteculturalidad  y marketing, pero yo también pagaría , amigo Jorge,  por volver a vivir las simples, locales  y austeras navidades de antes.
           Sabía que se acercaba....


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C  O N T  I  N U A

AQUELLOS OFICIOS DE ENTONCES



AQUELLOS OFICIOS DE ANTAÑO



      Foto de familia en la casa de los fideos aquella de las ruinas de la curva del Loreto y que se veía  llegando a Chelva pasaico el puente de Benajuay. Sea el justo homenaje a mi tía Adoración y a todas esas caricas a las que de buen seguro pondrás tú mismo, Prenda, nombres, a poco que busques entre tus   recuerdos.

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C  O  N  T  I  N  U  A

COSAS QUE YA NO VEO EN CHELVA

Les añado el siguiente artículo que andaba en el cajón de sastre de las cosas relacionadas con mi pueblo



Y en estos mis quehaceres de ir y venir al pasado, humilde intento de refrescar la memoria con lo de antes, daré, hoy, un particular repaso a las cosicas que fueron, y que ya no veo, en nuestro pueblo.
Y comienzo por la fotico, de cuando los domingos tocaba mudarse y acudir a los toques de misa. Las mujeres, como estaba mandao, con el obligado velo y la “silleta” de idem si lo requería. O cuando las veías con la cesta a la cabeza y “rodilla” trajinando con la masá semanal o las pasticas, no faltándoles nunca aquel delantal de los mil y un usos, camino del horno o del lavadero público. Sin olvidar, a los hombres con aquella pana mil veces remendá y calando boina, mocador o sombrero.

Y a estas que me convierto, otra vez, en aquel chiquillo en pantaloncicos cortos subiendo a escape las calles, por entonces de tierra, acudiendo a la escuela al los sones de la canción del Colacao o del diario nacional de las dos y media.. Allí tocaba formar, ante aquellas banderas y con aquellas canciones, en tiempos de pupitre, tintero, carterica de cartón y enciclopedia; leche de los americanos, merienda de aceitesal, separación de niños y niñas y nombres de maestros míticos como don Arturo, doña Teresita, el Ortas….

Y ya me veo, de nuevo, haciendo los mandaos, entrando y saliendo de aquella farmacia de toda la vida en la carrera o en la plaza los Puercos; de la paquetería de las Curritas, del tío Antonera, la Tía Maria Antonia, la tienda de las Ollerías y del Arrabal; del estanco del Portal del Pico, los herreros, el horno de la Cuesta Palacio, las tramuceras y turroneras...

Al punto, hecho en falta los juegos con mi cuella en aquella cárcel, futbolines y la biblioteca en la plaza.; el trinquete de detrás de la iglesia y el tejemaneje que nos traíamos acarreando zarzales o rastrojo para las hogueras de la Purísima o san Jaime. Aquel campo de fútbol y encuentros que fue pasando del Huerto Roto a la carretera, al cuartel, Torrecilla viejo y finalmente donde es ahora. El hacerse arcos con ligonero, canutos para las caícabas, mil cosas con cañas y poner cepos. El distraer nuestro “azogue” con el aro, el tejo, caliches, tebeos, recortables y soldadicos; raticos en las heras, piscina del río y pozo triángulo; teleclub, Hogar Parroquial, Academia y OJE

Y parece que fue ayer cuando contemplaba aquellas calles, en un sin parar, cada uno a su marchica, entre dimes y diretes pero de casas siempre abiertas, dispuestas al auxilio y de oficios como el botero, correcher, o el tío Máximo que to lo arreglaban.. De tanto en tanto, aparecía el ceiquero que cobraba en grano, tratantes y ambulantes como el estañador, afilador, porcelanas; cuando no el bando de alguaciles y guardas de campo; faltas de tráfico y aparcaderos, sólo algún carro, sidecar, Simca o 600, de uvas a peras.

Salgo a dar una vueltica y a meterme en el café de la Posá y del Quinito, el Avenida y el Jamalop, el cine Charandel y el terraza Park del Chimi; acudo a ver la tele del Condenao y comiendo cacao y tramuzo me voy al bailar a la Piscina, disco del Galeras o la de la carretera. A to esto, pasan veraneantes, asileras y colonias y oigo los belenes que se montaban con matapuercos, sofritos y celebraciones a base de mariquitas y chocolate. Marcho de farra con la pandilla y a pelear mozas en Tuéjar, los piques con los de otros pueblos y a prepararme pa la cordá.

Y rememoro escenas como la de la Gitana en su esplendor, la luz del tío Rogelio, con sus apagones y tener que echar mano de la velica o candil y la Carrera con su san Antón; el ir a esperar la Chelvana que venía “caramulla” hasta en la baca tras el obligaico trasbordo del trenet en Liria y pasar las curvas de la Salá y puente del Benajuay. Ver qué nuevas nos traía la Juanita o a replegar el paquetico que mandaban con el tío Juanete, el Ordinario. Memorables visitas al barbero con aquellas máquinas, pesar con la romana y darle al molinillo para preparar la malta y el tomar limoná o zarzaparrilla eligiendo entre flor de Valencia, El Siglo o Casera. Embobarnos ante la cartelera, primeros anuncios y programas y canturrear canciones que nos dejaron huella.

Y no me dejaré de nombrarles el rodalico de costumbres que marcaron época como la de toda la familia delante de la lumbre y sentaos en aquellas sillicas de enea; las cubiertas llenas de cosechas y embutios y las orzas con sofrito y el aceitecico pal año. Aquéllas, ahora chocantes, de denunciar por trabajar los domingos, esperar 2 horas por la digestión , la alpargata justiciera y los remedios caseros de purgantes y palico de té; la gaseosa Nacional como único refresco, el que te pesaran fideos y galletas y las latas de sardinas y membrillo; el amasar pa toda la semana y llevar al horno la llanda con patatas o pasticas o la cazuela de arroz El traje gris de la comunión y tener que ayunar antes de tomarla. La foto de escuela, las monas con longaniza huevo duros y magra y el salir pitando pa coger sitico en la Agüelica o en el Remedio. Tener párroco y vicario, sacristán y campanero, Santa Misión y convento…

También, echo en falta, un porrón de imágenes más, hoy de color sepia por desaparecidas, como la de la fábrica de harinas y al lao, el viejo matadero, el muladar y típicas barracas. Aquella radio Chelva, la centralica de teléfonos y balsas Somera y de la Mortera. Aquellos matarifes, capadores y enterrarse en tierra. El Taller de la quenk que primero estuvo en el Abrevador y las cuevas de champiñones o de arena pa fregar en Espes o la Gitana. Chelvanos emigrantes y madereros, o que iban “allábajo” a trabajar en el arroz, la naranja o la patata La tan llevada botija que hasta en la salida del Remedio camino de Ahíllas se ofrecía y la susodicha, carretera que estuvo asfaltá sólo hasta el km. 4 durante años. Aquellos grandes ganaos por doquier y las cabricas montesas. Las albarcas y las zapatillas de plástico… ¡Tantas cosas!

Parece que fue ayer… ¿te acuerdas? Pero estate tranquilo que como dice el anónimo: “El tiempo puede llevarse todo, menos los recuerdos. Y estos, son un tesoro que en el corazón guardas” Sirvan de acicate pues, si te parece, para que tú, lector, añadas a la lista otras que guardas en tus adentros.

Fco Torralba

EL ABUELO FRANCISCO


           Rebuscando entra mis recuerdos escuchando a  la Luz Casal he dado con esta otra vieja foto de la familia. Rota y descolorida la pobrecica  por el mucho trajín de amores que acuna,  de mis abuelos Francisco y Escolástica de hace que ni se sabe. Y aún me parece sentir aquel sentimiento de volver a desdoblarla para mirarla hasta que mi madre me pillaba hurgando en su monedero. Que el retrato de marras era su mejor tesoro a juzgar por las lagrimicas que entonces se dibujaban en su carica y el empezar a contarme de sus padres. Y yo que otra vez me embobaba al oírla hablar de lo guapa que era la abuela  y lo solica que la dejó güerfana tan joven; lo buen mozo que era el abuelo pa llevarse lo mejor del pueblo y lo relisto que era. Al calor de sus palabras  me viene la añoranza y mi cabeza que deseguida  viaja a aquellos tiempos.
        
          Allá estábamos como cada noche la familia reunida frente a la lumbre formando aquel semicírculo mágico que ahora añoro y vale la pena recordar. Mi padre con sus remiendos de esparto, mi madre colocando las trébedes y sartén para la cena: mi hermano buscando los discos dedicados en aquella vetusta radio y mi abuelo teniendo cuidado de que no le faltara alimento a aquellas brasas. Se comentaba el día, las cosechas pero sobre todo, se hablaba. Y entre las voces sobresalía su tono grave, de realeza, pues eran tiempos del consejo de ancianos, del mejor sitico pal  gran capitán

          Después del repaso a los aconteceres diarios, de galimatías de siembras y cosechas, tratos y planes, vuelvo a acomodarme entre sus piernas para soñar  con sus batallas subiéndome a su carro de historias interminables. Y allá que me llevaba a sus tiempos por Francia donde estuvo de maderero por las Landas. Cuando me enteré de la fama de los madereros chelvanos, ¡qué orgulloso me sentí! Eran relatos  del duro oficio  que empezaban de criícos  arrancaos del regazo de la madre para ir a sufrir fríos y vaivenes aunque sólo fuera pa  guardar el hato o simplemente no tener que alimentar otra boca; a to esto, con peligro de lobos y bichos. Se haría un apuesto mozo curtido en mil maderas llegando a ser capataz y logrando un alto puesto en sus fábricas. Quiso llevarse consigo, a la abuela que bien poco duró en tierras extranjeras  y que prefirió volver con sus zurcidos y coseres entre modista y dedales. Fue la única que pudo doblegar su carácter y poderío que no le dejó afincarse y le obligaba a ser el eterno emigrante. De esta manera, mandaría buenos dineros con los que compraría nuestros mejores bancales.
       
            En éstas que se queda viudo y le toca volverse. Sacrificaba su cultura de trotamundos  en aras de aquellas chiquillas a las que sacar adelante. El campo, claro, le iba pequeño y su saber estar y sus andanzas forjarán  su leyenda de personaje de primera fila  en el banco de la plaza. Época difícil de rencillas políticas y luchas fraticidas en las que unos y otros, de cualquier bando, respetaban lo que dijera y esperaban sus consejos e ideas. Hasta tuvo que decir no a convertirse en alcalde. Era la guerra y venían heridos y soldados a los que socorría; idealista él y no le tocó ninguna checa.

          Sí, fue un gran hombre de su tiempo el Francisco, de apodo el Choto; término que de buen seguro venia a reconocer su porte; ser el líder, el macho alfa que hoy dirían los modernos.

           Yo ya lo conocí de mayor, que no viejo, a raíz del corazón y cabeza que exhalaban un genio y figura sin par. Venía de la escuela y su receta mil veces repetida de arroz con patatas maldiciendo las noticias del diario hablado de las dos y media. Con mi tía, lo teníamos a meses pero seguía mandando lo suyo en las dos casas. Hasta el ajaceite le salía como a ninguno, pobre de él si no, si se rodaba. En el matacerdo era el rey del gazpacho y las gachas. Siempre bebiendo a chorrico pa  que le pasara el nudo pues aquejaba un mal remedio que le quemó el esófago al realizar un enjuague con aguarrás (ni éstas pudo con su grandeza)

           Hablaba francés, leía y tenía cultura ¡cómo me envidiaban los otros chiquillos! En las salidas a la fresca era la enciclopedia  y le tenían un respeto grande. Hablaba de política sin miedo, sabedor de la bula que sobre las autoridades tenía. Su aureola era inmensa y venían a pedirle consejo o descargaba sus quejas ante cualquiera.  Guardaba viejos libros prohibidos, papeles de cuando fue secretario de la almazara y rebuscaba legajos y revistas donde fuera.

           Hasta en el hospital tuvo que ver con personal y compañeros  de cuarto. Peleó para que sus nietos escaparan de la tierra  y  murió  feliz de saber que uno marchaba a estudiar fuera.Su chaqueta de pana y bufanda aún están en el arca; su inseparable garrotico  lo hizo suyo mi madre convaleciente y sigue por nosotros velando por la casa.

           Si  a escape me sacáis el parecido, diréis de mí que soy como el abuelo Cristóbal. Al final resulta que yo, el menos indicaico, he sio el que se hizo profesor y emigrante, el que habla otras lenguas, el trobador y animador de gentes… el que tu estela sigo.

          Ahora que soy el abuelo empiezo a saber de tus adentros. Tomo tu testigo y quiero convertirme en el faro, en la sencillez de la piedra angular que me enseñaste. Me vuelvo corriendo buscando a mi nieta Nuria la de los rizos y genio. Hoy que las familias ya no son como entonces, que andamos deperdigaos faltos de aquella flama  merece la pena nombrarte y contigo a todos aquellos abuelos que antes que nosotros existieron y son  el ejemplo a seguir.
        
           ¡Por ti, figura y genio!  
Francisco Torralba
Enero del 2013
                                        

EL RINCÓN DE LA ABUELA VICENTA


 
  Retrato éste, entrañable con mi primera cámara y en blanco y negro,  para más entonces no me daba, de  mi madre, la tía Vicente. Sentaica  en el portal de su casa  haciendo su interminable ganchillo, que me han traído a la memoria recuerdos que contarles quisiera.

     Está hecho en la Cárcama, calle corazón de Jesús 28, junto a la placeta de toa la vida Vázquez  y que casualidades de la vida o no ,vino a llamarse de Don Ángel el que fuera  ilustre médico, mentor de la familia y padre del que sería su gran maestro . Del rebaje de parte del huerto de don Nicolás, derruido el  trocico y pajar  de mis abuelos Cristóbal y Teresa que  vivían en la casa de enfrente, daban un toque especial al lugar de marras rompiendo el trazado lineal de la calle entre hormas  y puertas toscas de tiempos ha.

     Pero… se nos fue la abuela, la calle quedó muda  y el sitico, sin su guarda, fue a desaparecer como si quisiera acompañarla.

     Era balcón de la más grande plaza, su señoría en su trono de enea con su delantal como manto. Ropa oscura pues a qué santo y una sonrisa de oreja a oreja. La  virgen que pintó mi señora en un portón de aquellos parece que velaba por ella. Se iba y allá que dejaba la sillica con su  canastillo de labores o lanas, olivas y nueces, habas o lo que terciara que lo suyo era darle al palique pero que las manos siempre estuvieran ocupaicas con algo y no parar, prenda. No hacía falta decir que ni los coches aparcaban; a lo  mejor algún veraneante despistado que al saberlo pronto ahuecaba el ala. Hasta los gatos, tan caseros y listos ellos, en cuanto podían allá que los veías, bien repantingaos y  vigilantes de que ningún  perro se acercara o lo ensuciara. Ella bien faldegaico que lo tenía y la primera faenica de la mañana era barrerlo y  refrescarlo con agua. Quedaba muy bien resguardaico del aire en un interminable ir y venir de caballerías y mulicas mecánicas y trajín  de personas en procesión imparable a la plaza que allí lo tomaban como su particular descansador. Hasta cuando llovía el río que se formaba allá hacía sus remolinos obligando a mi padre a subir más y más el tranco.

     Salir a oír el bando, la música que bajaba por el portalico y el trotar de mulas y frenazos en la curva. Uno que te venía con tomates el otro con la última noticia; entonces, ¡todo se compartía!  Venía a ser el rincón de la lumbre del día donde to el mundo venía a arrimarse y contar la suya.  Igual se hablaba ahillero que valenciano, del pueblo o de los que se habían ido. Había que decir lo que fuera o si no te replicaban. Tocristo tenía que ver y allá
que se juntaban cuando venía tratante o viajante mas que en la placeta. La fuente cercana donde personas y animalicos  abrevaban  venía a ser como la llamada a acercarse a  aquel  placentero fuego de campamento. Y contar como les iba, con o sin prisas ante aquel umbral que les llamaba.  Horas a la fresca especiales y al invierno, la puerta siempre quedaba entorná invitando a pasar adentro donde la chimenea chisporroteaba. Si estaba cerrá oías como la llamaban incesantes a que acudiera.

     Y así… hasta  convertirse en el  rincón de la Tía Vicenta.

      De pequeños, en la escuela, nos castigaban al rincón ¡Cuan lejos de todo estaba ella que a tos arreplegaba a su vera!  En el vorágine actual de la vida  no se comprende; eras cosas de antes, dirán,  pero que nos enseñaron a saber situarnos en la vida, a merecerla  y mejor respetarla.  Cada uno a su rincón y ya vale de arrinconarnos que todos tenemos un sitio y una abuela ¿no?

      Por los rincones de la memoria de muchos quedan a hora sus trastos y charrás: la Rinconete y Cortadillo, sus pasticas y literatura,  la de imágenes en color sepia. Propago al cielo, este su  rinconcico del ayer y de su memoria para decirle que la echamos y lo echamos en falta. Como cuando me la traía a Tarragona que de tanto en tanto se asomaba al balcón para buscarlo, allá que he salido para mirando a lo alto  enseñarle este mi humilde escrito en homenaje y con lágrimas dedicárselo.

Francisco Torralba Lopez
Julio del 2012